viernes, 14 de mayo de 2010

Nuevo cuento!

Queridos mentirosos! Sois ya testigos de mi fustramiento literario. No puedo escribir más que de un tema. Pues he dicho: "Coño, voy a escribir que no puedo escribir otra cosa", y ¡esto ha salido! Haber si os gusta (está corregido, he cambiado alguna cosilla)


OLORES




La habitación del poeta todavía huele a ella. Sentado frente al folio, intenta llorar los versos que le habría gustado recitarle. Pero el temor al fracaso escupió a la cara de Eros, que con los ojos lluviosos se vio forzado a separarles. Un golpe en la mesa rompe el silencio; el poeta se ve frustrado al no poder recuperar su estilo. Dando gritos sordos para las musas, desahoga su rabia. “¿Por que coño lo hizo?” se preguntaba mirándose al espejo, como esperando contestación de su reflejo.

La habitación guarda el olor de buenos recuerdos, que se introducen en la mente del escritor, creando una niebla de incertidumbre, que mezclada con nostalgia ciega la vista del poeta a ese lugar de musas e inspiración. Nada. Blanco. Vacío interior. Ella consigue ocultarse en cada estrofa, en cada verso, en cada palabra. Ha conseguido convertirse en su escritura; es como si su alma hubiera sido troceada, y que cada letra de esa narración fuera una parte de su cuerpo.

La habitación apesta a felicidad pasada que el miedo se encargó de eliminar. ¿Felicidad? La radio canta en esos momentos “felicidad, que bonito nombre tienes”. Asentía lo que escuchaba; pensó estar en su día flotando en esa nube a la que llamaban con ese fantasioso nombre. Pero pronto esta comenzó a llorar, estornudando luz; tormenta del alma. Y desde ese misterioso cielo cayó, entrando en un pozo de desesperación y sufrimiento. Ahora sabe que la felicidad es una quimera, es un burdo cuento para niños.

La habitación siente como su olor se filtra por los posters de melenudos artistas de “Heavy Metal”. La decoración rockera observa atónita al poeta llorar. Ya le llamaban en clase el heavy sensiblón; esa minoría que saborea filosofía y letras tenía razón. Por fin una musa grita, y su chillido llega a oídos del poeta. Su mano aprieta fuertemente el bolígrafo. Estrella su punta contra el blanco folio. La tinta comienza a dibujar sinuosas curvas, capaces de seducir a cualquier lector; río de tinta. Escribe lo que le dicta su corazón...


“Ha llegado el momento del adios... a llegado la hora de despedirse. Te vas en ese barco que flota sobre mis lagrimas. He llorado tanta agua que me he quedado en un desierto, seco por dentro. Y aún me parece verte... serás otro espejismo, serás otro oasis”




La habitación mantiene el olor de aquella ladrona de inspiración, por eso, rompiendo la hoja, escupe blasfemias al cielo mientras, bebiendo alcohol acurrucado en un rincón del infierno, su maestro Edgar le susurra: “Dale otra oportunidad a la fría oscuridad”. ¿Donde estaba su grotesco estilo premiado por sus escenarios sombríos, llenos de calaveras, cuervos y lápidas? Lo que antes era negro ahora es rosa. Letrista de un ídolo de quinceañeras gritonas... “No tenías bastante con llevarte mi amor, que te llevaste también mi talento, ¿no? No era suficiente forma de joderme...me robaste mi arte”.

La habitación aún huele a su perfume. Y es extraño... ya que ella nunca conoció su cuarto. Ni siquera sus labios se rozaron. No le hizo falta al poeta eso para saber que estaba delante de su reflejo, su sombra, su igual. Pero el miedo, infame enemigo de Cupido se hizo hueco en su relación. Todavía el poeta sigue metiéndose los dedos en la boca para vomitar su amor. Y con los ojos brillantes, volvió a escribir lo mismo, añadiendo en el margen: “aún sigo apestando a ti”.