Los espectadores aplaudian sin parar las obras del anciano pintor, que se crecia con cada aplauso. Estaban ante la sala de sus obras antiguas; el color inundaba la habitación. Verdes paisajes, poderoso azul cielo y bello el anaranjado sol. Todos asombrados ante tanta hermosura siguieron como hipnotizados al pintor, que les llevaba a la zona donde descansaban todos los cuadros que había pintado durante la ultima década. Al cruzar una cortina negra, decorada con bastantes agujeros, vieron una sala oscura y tétrica. Quedaron todos helados al ver una selección de cuadros totalmente contrarios a la sala anterior. Todo era gris. Paisajes en blanco y negro que provocaban una desagradable sensación de tristeza que se desplazaba por todo el cuerpo de manera rápida. "¡Qué es esto!" gritaron varios. "Esto...-contesto el pintor-Esto es la realidad amigos".
Circo de lo absurdo, pasarela grotesca de personajes siniestros, carretera del sin-sentido. ¡Sean bienvenidos, la función va a comenzar!
domingo, 25 de septiembre de 2011
Pintando
Los espectadores aplaudian sin parar las obras del anciano pintor, que se crecia con cada aplauso. Estaban ante la sala de sus obras antiguas; el color inundaba la habitación. Verdes paisajes, poderoso azul cielo y bello el anaranjado sol. Todos asombrados ante tanta hermosura siguieron como hipnotizados al pintor, que les llevaba a la zona donde descansaban todos los cuadros que había pintado durante la ultima década. Al cruzar una cortina negra, decorada con bastantes agujeros, vieron una sala oscura y tétrica. Quedaron todos helados al ver una selección de cuadros totalmente contrarios a la sala anterior. Todo era gris. Paisajes en blanco y negro que provocaban una desagradable sensación de tristeza que se desplazaba por todo el cuerpo de manera rápida. "¡Qué es esto!" gritaron varios. "Esto...-contesto el pintor-Esto es la realidad amigos".
lunes, 19 de septiembre de 2011
Dime como besas...

El inquieto bebedor de ese mugriento bar de nocturnidades y borracheras, quedó hipnotizado de la chica de azul. Vestida con las telas del misterio, lo hechizó. Se quería perder en sus ojos, sin apenas conocerla. ¿Amor o el alcohol? No lo sabía, y su mayor temor es que esa mujer solo forme parte de su imaginación. Viendola salir al exterior, salió rápido, todavía con la botella en la mano y queriendo conocerle se acercó y le susurró al oído: Dime como besas...y te diré quién eres.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Cambios en el blog +nuevo blog
Espero que os guste el nuevo cambio.
Saludos
lunes, 12 de septiembre de 2011
Primer capítulo de Cazadores.
Está sin terminar, lo acabaré mañana o pasado. No seais muy duros que está sin corregir. Aunque espero vuestra opinión y sugerencias. Gracias y espero que os guste.
I
La casa del bosque
El sol calentaba la espesa vegetación de ese bosque, alimentado de leyendas y sucesos que rozan lo sobrenatural. La población más cercana veía el lugar con ojos asustados; eran muchas, y muy extrañas, las historias sobre esos árboles que desde que eran niños sus abuelos les habían contado. Ese caliente mediodía caminaba lentamente un hambriento lobo. Su agudo olfato lo guiaba por ese hogar de los peligros. Flaco y desnutrido su cuerpo; puro hueso sus patas. Su estado era tan penoso que sorprendía que aún pudiera andar correctamente. Sus rojos ojos buscaban con ansia algo que pudiera llevarse rápidamente y desesperadamente a la boca. Tenía un hambre atroz, sabía que si esa misma tarde no conseguía arrancar carne de algún cuerpo animal, moriría seguro y sería él quién serviría de comida para otros compañeros suyos que estuvieran compartiendo el mismo hambre. Un hambre responsable de ese olfato tan alerta. Su hocico hizo ese caluroso día las veces de brújula, pues un apetecible olor le arrastraba entre los árboles. Ese aroma lo atraía de tal forma que el animal se creía atado a un fuerte y grueso cordel invisible, que desde el cuello (rodeándolo como una serpiente atacando a su presa) le condujo hasta una casita en medio de un desértico paraje. El licántropo miraba el escenario con sorpresa; juraría no haber visto nunca ese extraño lugar. Y es que en medio de ese frondoso bosque se podía encontrar un gran agujero de gran tamaño sin vegetación alguna, con una colorida casa en su centro. El contraste de colores entre el verde del bosque y el anaranjado suelo de ese paraje, llamó la atención del animal.
Pero este escenario no era lo único sorprendente del bosque. El bosque de Anatole, así se llamaba el lugar, era conocido por la cantidad de lobos que vagan en su interior. Esa razón explica la cantidad de carteles que avisan los peligros que uno se puede encontrar una vez dentro de ese laberinto de arbustos y árboles. No eran muchas las personas que se atrevían a entrar en Anatole, influenciado (además de la presencia de los licántropos) por las mágicas historias de brujería ya citadas. Que alguien pudiera llegar a vivir en ese lugar era algo difícil de entender teniendo en cuenta los peligros del lugar, y si alguien supiera la existencia de esa casa, los vecinos más cotillas del pueblo más cercano tendrían comidilla para comentar y opinar durante meses. Incluso al animal le sorprendió ver lo que tenía delante, y creyó ese encontronazo como un regalo de la misma diosa Gea, que viendo su hambre habría decidido alimentarlo. El lobo bajó por las rocas como loco, saltando ágilmente hasta llegar a lo más bajo del sitio. Estuvo varios minutos viendo curioso y nervioso la casa, analizando las entradas y salidas, dando vueltas en círculo. Era una vivienda pequeña pero muy acogedora, con las paredes de color azul y un rojizo techo con chimenea que hipnotizaban al animal. Pero con la ayuda del fuerte olor que desprendía la casa dejó de mirar su tejado y con los rojos ojos devoraba su nuevo objetivo: desde la ventana podía observar a la vieja dueña de esa casa. Apuntaba la mirada hacia esa mujer de avanzada edad, que estaba tumbada en la cama leyendo una revista del corazón. El animal sabía perfectamente que su carne no serviría de mucho para saciar su gran hambre, pero era imposible encontrar mejor bocado con tan poco esfuerzo, ya que posiblemente no pudiera moverse con facilidad, debido a los años que irían pesando en el cuerpo de la señora.
Apenas lo separaban cinco metros de la ventana, que estaba abierta y mostraba a la vieja leyendo la revista. Pero pese a estar tan cerca de su premio, no quiso precipitarse y saltar sobre ella; no podía perder esa oportunidad de comer tras semanas por algo tan estúpido como la impaciencia. Caminaba despacio; no quería que la anciana se percatara de que se encontraba en el exterior. Esperaba inquieto el momento idóneo para atacarle, alargándose el tiempo, convirtiendo los segundos en minutos y los minutos en horas. Pero esperaba, no le interesaba no abalanzarse tan rápido ya que tenía muy claro que un solo movimiento brusco le haría visible a los viejos y cansados ojos de la señora. Ella no lo asustaba en absoluto, de lo que realmente sentía pavor es de a quién llamarían los gritos de la vieja. No serían voces que se perderían en el negro bosque, sino que servirían de alarma a los eternos rivales de su especie: los cazadores. Por eso su ataque debía ser discreto y silencioso.
El cuerpo del animal temblaba de los nervios solo al pensar en el sabor de la carne que estaba a punto de devorar. Esta sensación provocaba que la baba del animal resbalara más allá de su boca dejándola caer en el suelo formando charcos. Le tambaleaban las piernas, e inquieto golpeaba levemente el suelo con sus uñas de las patas delanteras; con las traseras arañaba la superficie. No podía evitar hacer ese casi mudo ruido. Deseaba arrancar la carne de la anciana con sus dientes y devorarla con ansia. Paso a paso, poco a poco, se adelantaba. Estando ya tan cerca de la ventana que el olor alcanzaba la máxima fuerza posible, sus amarillentos y afilados colmillos se asomaron al exterior.
Había llegado el momento. Lo sabía. Lo notaba. Estaba seguro. Ya estaba muy cerca de la ventana. Demasiado cerca. Además la dueña de la casa seguía entretenida leyendo la revista. Debía abalanzarse en ese mismo instante. Era el momento perfecto para realizar su ataque de forma eficaz. Pensar en comida lo llenaba de una sensación de felicidad, que se exponía mediante una especie de sonrisa animal. Inclinó sus piernas traseras para impulsarse sobre ellas y poder saltar al interior de la casa, donde le esperaba tumbado su preciado festín. Pero su salto fue interrumpido por un sonido estrepitoso. La anciana se sobresaltó; el fuerte ruido le obligó a agitarse en el sitio, dejando que su revista resbalara entre el hueco que se podía encontrar entre la cama y la pared. Pero pese al susto no le sorprendió el sonido, pues sabía que había pasado y, sobretodo, sabía que en el exterior habría un lobo retorciéndose de dolor en el suelo con un gran boquete en su cuerpo. El animal sollozaba y se movía inquieto, pataleando y arañando el suelo de manera más agresiva que antes. Mucha sangre escapaba de su cuerpo por el balazo recibido, y a su vez escapaba su fuerza escondida en el sonido de sus lamentos. Tenía su lomo en carne viva, y esta estaba manchada de pólvora. El dolor lo mataba…y sabía que moriría si seguía ahí tendido, puesto en bandeja ante el asesino. Debía escapar del ojo de quién estaba siendo su verdugo.
Por su cabeza volaban mil ideas, mil formas de escapar, mil sitios donde esconderse, hasta que vio lo que parecía una gruta; en uno de los extremos de ese agujero circular, justo enfrente del lobo, había una boca cavada en la roca. Sin duda era el sitio idóneo para esconderse. Intentó levantarse, como pudo, para escapar. Haciendo un esfuerzo grande por conseguir que sus cuatros patas levantaran todo su dolorido cuerpo. No pudo, otro sonido como el anterior le arrancó una de sus patas traseras, estampándose la cabeza contra el suelo. Viendo su pierna desplazada a unos centímetros de su cuerpo, sabía que ya no había nada qué hacer. Pero aún así intentó arrastrarse hacia la casa, estaba más cerca que la gruta. Pegarse a la pared, para esconderse de las balas era en todo lo que pensaba en ese momento, las mil ideas habían desaparecido a la vez que su pierna. Con sus garras delanteras intentaba hacer la fuerza suficiente como para arrastrase; con su media pata daba golpes en el suelo. Mientras se arrastraba, su pelo iba tiñéndose del naranja del terreno, a la vez que la sangre del animal enrojecía el suelo. Cada segundo su esperanza se hacía más pequeña, y llego a asumir su muerte.
El lobo sabía que era imposible llegar a la pared, y rendido empezó a mirar a los lados, buscando donde estaba su asesino. Al girar la cabeza hacia la gruta, vio levantarse una figura humana. El animal no llegaba a distinguir sus rasgos...la vista se le estaba nublando. Solo escuchaba lentos pasos. Tardó bastantes segundos, que se hicieron minutos para el animal, en llegar. Finalmente los pasos cesaron; la persona que había salido de la cueva llegó al animal. Este pudo verle ahora, más cerca, su cara. No era más que un chavalín, al que podría atacar sin piedad ni miedo si lo hubiese visto nada más llegar. Pero no iba a hacerle nada en esa situación. El joven había ganado, y él había perdido por no haber prestado atención a los lados, por haber entrado de lleno a la trampa. El lobo lo miraba con ojos que hablaban y decían: “hazlo, que sea rápido”. El hombre se levanto un poco la camisa mostrando una funda, de la que sacó un machete. El sonido del arma desenfundada provocó en el animal otra semi-sonrisa. Agachó su cabeza ante los pies de quien portaba el cuchillo, como símbolo de rendición total. Él lo cogió del pelaje de su cabeza, levantándola. Apoyó el machete en su cuello, sintiendo el frío del filo. El licántropo estaba deseando que hiciera cuanto antes lo que hizo: le degolló con el largo y afilado cuchillo dejando de la herida escapar su vida teñida de rojo, callando ese molesto sollozo de animal sufriendo. Tras mantener la cabeza del lobo escupiendo una cascada de agua roja durante unos segundos, la soltó cayendo desplomado en un gran charco de sangre...su propia sangre.
El asesino del lobo, con la manga de su cazadora manchada en color rojo, se asomó levemente al interior de la casa e hizo un pequeño gesto con la mano a modo de saludo. Pero la anciana estaba entretenida intentando recoger la revista sin levantarse de la cama. El hombre, un joven rubio de unos 19 años, tras un suspiro, guardo su cuchillo aun rojizo en su funda y cogió de las patas delanteras del lobo y empezó arrastrarlo con gran facilidad. Su cuerpo iba pintando el anaranjado suelo, tornándolo a un color rojizo. A mitad de camino, echó la vista a una roca que estaba en la parte más alta de ese lugar, e hizo otro gesto con la mano. Una figura de cazador alzó la mano que sujetaba un arma al aire desde arriba del agujero, posiblemente como símbolo de triunfo. El rubio siguió arrastrando el cuerpo. Desde la ventana se dibujaba una roja línea recta que llegaría hasta el lugar en el que antes estaba escondido este hombre, la cueva. Pero no solo era un escondite, el escondrijo era también un gran cementerio de lobos. Decenas de cuerpos de lobos, todos los que habían deseado comer a la anciana descansaban en ese lugar, y un fuerte olor a descomposición se escapaba de la pequeña gruta. Empujó el lobo desfigurado por los dos escopetazos, y cayó encima de otro animal de su especie. Al girarse para volver se percató de que se había olvidado algo: la pata trasera del lobo. Volvió atrás sus pasos, por el rojo recorrido marcado y la recogió. Pero ni se esforzó en retroceder al agujero: lanzó la pata, que tras varias vueltas en el aire se posó en la cara de otro animal.
Con gestos de cansancio empezó a escalar la pared rocosa de ese agujero, hasta que llegó donde estaba el otro cazador, un hombre mucho mayor que él. Nada más verle subir, todavía con la escopeta en mano, mostró su dedo gordo, como señal de que todo había salido según lo previsto. El rubio pintó sus palabras con ironía:
-Bonita carnicería la tuya. ¿No te bastaba con dos balas de rifle en la cabeza como has hecho con todos?-decía mientras movía rápidamente las manos con mucho aspaviento.
-¡Dios! Deja de quejarte, marica -respondió el otro cazador con una grave voz- estaba aburrido de tanto rifle. Deseaba descuartizar a un puto lobo, y mira por donde, le ha tocado a ese cabrón.
-¿Has visto el espectáculo que has montado? ¡Mira cómo has dejado todo!.
Con el dedo señalaba la casa y sus alrededores. Desde ahí arriba, se podía ver perfectamente la gruesa raya roja que había pintado el sangrante animal.
-No me irás a negar que no ha quedado bonito-dijo en tono burlesco el cazador más maduro mientras dejó escapar una carcajada.
Se quitó la cinta del cuello y apoyó la escopeta en una roca. Era increíble la cantidad de armas que tenía preparadas en ese lugar: cuchillos, escopetas de todo tipo, pistolas, rifles, tenazas, hachas... Cogió uno de los rifles y continuó hablando:
-Además esos asquerosos seres no merecen nada mejor que la muerte, por eso intento hacérsela más entretenida. Además no sé si recuerdas que se quería zampar a la vieja esa.
-Igual que la otra decena de lobos que has matado de forma más limpia que a este- dijo el rubio levantando la voz.
-No me folles Daniel. Por tu puta madre. No me folles. Me he cargado a ese jodido bicho con la escopeta porque me ha dado la real gana y punto- gritó- Llevo casi 30 años dedicándome a esta mierda, así que no quiero que me toque los cojones un puto aprendiz. ¿Pillas?
-Pillo-dijo resentido mientras sacaba de la funda su machete aún rojo.
-Mira, nos pagan por proteger a la vieja. Por mí, dejaba que la devoraran esos bichos. No me importa esa señora. Pero el dinero que olemos por este trabajo es alto como bien sabes. Y es el mismo dinero si los mató con un rifle o sí me lío a puños con el lobo. El mismo. Lo único que tenemos que hacer es que no claven los dientes a la abuela. Nuestros jefes tienen tanto dinero como jeta.
-¿A que te estás refiriendo?-preguntó limpiando el cuchillo con un trapo que empezaba a cambiar el color de sus telas.
-Bueno, salta a la vista que no tienen mucho aprecio a su abuelita, ¿no te parece? Tener a la pobre que apenas se mueve en medio de un bosque lleno de lobos. Si no fuera porque ellos me dan de comer les haría lo mismo que lo que le hecho al lobo ese, cuatro balazos bien dados. Y descuida que no lo haga un buen día. Tan poco respeto a nuestros mayores me toca bastante los huevos.
-Acabas de decir que no importa esa señora, porque de repente la defiendes tanto.
-Hablo de respeto.
El cazador mayor se sentó en una roca, dejando caer todo su cuerpo, y su mano comenzó a buscar una mochila marrón vestida de manchones de grasa y barro, que estaba tirada por el suelo. Ni siquiera miraba si estaba allí, la bolsa, solo palpaba. Cuando su tacto se encontró con una tela rugosa y sucia, acercó su mochila. Abriéndolo sacó un bocadillo escondido en papel de plata, y mientras lo desenvolvía miró al joven y dijo:
-Jamón. ¿Quieres la mitad?
-No gracias. Tanta sangre me quita el hambre.
-Marica.
Se produjo un incómodo silencio. El calor provocaba que varias gotas de sudor escaparan resbalando por la frente de los cazadores. El joven miraba con cara de asco el espectáculo que su compañero había ofrecido. Solo pensaba en como borrar esa línea rojiza. Su cabeza daba vueltas buscando una solución a este problema, y sentó el culo en el suelo, cruzando las piernas. Daniel, el nombre del cazador joven, era una mente inquieta. Se sentaba a reflexionar y pensar durante horas. Los minutos que pasaba escondido entre cuerpos de lobos muertos los pasaba pensando, creando historias o ideando poemas. Amante de la escritura que disfrutaba vomitando sentimientos en el blanco de un folio. Cabeza llena de dragones y elementos fantásticos que convivían en sus multiples relatos. Casi todos ellos surrealistas, envueltos en un halo de misterio, en una niebla de incertidumbre, aunque últimamente se había anclado en un tema que no le resultaba muy cómodo: el desengaño amoroso; parecía no poder escapar de allí. A este escritor amateur, con una sensibilidad especial, no le gustaba su trabajo. Su sueño era trabajar de sus escritos pero sabía perfectamente que la pluma a muy pocas personas, visitadas por la Diosa Fortuna, da de comer. No era el trabajo que más le fascinara pero no podía negar la oportunidad que le había ofrecido su padre para conseguir lo suficiente como para ganarse la vida. Mientras Daniel hablaba consigo mismo, el otro comía el bocadillo, dando mordiscos de gigante. Este cazador se llamaba Antonio, un hombre que rondaría los 45 años. Envejecía en soledad, aumentando este hecho su malhumor. Atormentado por un pasado que encerraba en su interior defendido con su ironía y su capacidad para insultar, ocultaba sus preocupaciones a todos. Le gustaba su trabajo, pero le gustaba hacerlo a su manera, con crueldad y violencia, dando más contraste a su antiguo y relajado trabajo: profesor de cultura clásica. Pero lo tuvo que dejar por motivos personales.
Antonio estaba hambriento, y comía el jamón con la misma ansia con el que el lobo habría devorado a la vieja. Y con cada bocado, seguía dando vueltas a todo el asunto de sus jefes:
-Es que me parece una salvajada, marica. Una puta salvajada-decía con la boca llena- Meter a la abuela en medio de uno de los más peligrosos bosques del país y pagar a tres hombres para que la protejan día y noche. Como si fuéramos aquí los vigilantes de la playa. Pero eso sí, si se cuela un lobo nos cae la de Dios. ¡A nosotros, marica! No a ellos que han decidido encerrarla en el bosque. Nada tiene sentido. Putos pijos ricos, tienen el corazón de oro que ya ni les bombea sangre.
Mientras decía estas palabras, el chico rubio no hablaba, ni siquiera le escuchaba; muchas veces había oído esa canción, y sabía que aún no había llegado ni al estribillo. Además sopechaba que Antonio le tenía un cariño especial a esa señora. Siempre decía que no le importaba nada pero la defendía sin parar. También de vez en cuando entraba en la casa y se pasaban un rato hablando. El adulto cazador seguía hablando de sus jefes, y Daniel sabía que había comenzado una larga cadena de insultos sobre gente adinerada que acabaría cuando se cansase. Pero aunque no le diese en persona la razón, aceptaba todo lo que el veterano cazador le contaba: era imposible negar la realidad. Tres cazadores eran pagados por proteger a la anciana. Durante el día, uno era el encargado de, rifle en mano, vigilar si algún licántropo quería merendar. Otro le ayudaba a retirar los cuerpos y amontonarlos en esa pequeña gruta subterránea. A la noche, eran dos los que cogían las armas. Cuando el sol, temeroso de encontrarse con la luna, se escondía por el horizonte, ese escenario respiraba una tensión especial; los animales atacaban en manada. La noche los excitaba, y sus visitas eran constantes, por eso eran cuatro ojos quiénes vigilaban a la anciana a través de una mira telescópica. Usaban silenciador para no despertarla. Quién antes arrastraba los cuerpos se encargaba ahora de disparar (solía dormir al amanecer, ya que en ese momento pocos lobos intentaban atacar) junto a otro cazador más experto que él: su padre. Entre disparo y disparo, mientras decenas de lobos se desplomaban sin vida contra el suelo, podía reinar un ambiente familiar, pero no era así.
La relación entre padre e hijo estaba casi rota. Apenas hablaban. El silencio era el ganador en sus conversaciones. De hecho el padre del joven tenía más confianza con el cascarrabias de Antonio que con su hijo, cosa que afectaba gravemente a Daniel, que perdido en un laberinto de sentimientos buscaba la respuesta de un supuesto enfado nunca ocurrido. Las razones de esta falta de confianza familiar eran desconocidas incluso para ellos. Aunque Rafael, el padre, era consciente de esta falta de comunicación parecía no darle importancia a este asunto. Pero de vez en cuando le visitaban fantasmas del pasado y le traían imágenes coloridas, que dejaban deslizar por el aire un delicioso aroma de felicidad: juegos infantiles compartidos con Daniel cuando era niño. Le recordaba jugando al escondite por los árboles de un bosquecillo cercano al lugar donde vivieron hace años, alejado del peligroso Anatole. También recordaba momentos divertido en la casa en la que habitaban antes de que la muerte se llevara, casi sin avisar, a la esposa de Rafael y la madre de Daniel. En ese momento las imágenes adquirían un color gris, un olor triste a lágrima podrida de tanto tiempo residiendo en su interior. El fantasma, como si se hubiera escapado de una novela de Dickens, lo llevaba entonces a un gótico cementerio, museo de lápidas y cruces. Le agobiaba esa imagen, le cortaba la respiración, y un sudor frío comenzaba a escapar de su cuerpo. Con gran esfuerzo conseguía escapar de el angustioso mausoleo y volver en sí de nuevo, al presente sin su mujer...y también si su hijo.
Daniel era nuevo en esta empresa. Solo llevaba un año al rifle. Antes era otro cazador, llamado Javier, quién se encargaba de vigilar la casa cuando las estrellas eran el tejado de Anatole. Pero la cabeza de Javier empezó a trabajar de maneras extrañas. Obsesionado con la fama, con querer destacar, buscaba soluciones con las que matar lobos le pudiera dar éxito. Le gustaba su trabajo como cazador, pero quería ser algo más que un simple asesino de lobos. Apenas dormía, pensando cómo alcanzar su sueño, con cumplir su meta, y eso afectaba a los demás, que debían estar mucho más atentos a los seres que atravesaban la noche con la única idea de comerse a la vieja. Decidieron que debía dejar de disparar y centrarse en su otro objetivo, porque Javier, además de vigilar solía tener otro trabajo. Javier era el encargado de, cada semana transportar desde la casa de sus jefes hasta la casita del bosque una cesta repleta de provisiones, que preparaba la familia para su abuela. Antonio y Rafael lo convencieron para que ahora solo se dedicara a llevar la cesta a la anciana y luego devolverla vacía; debía olvidar el arma, y olvidar lo sucedido meses antes. Javier aceptó sin queja alguna, y aunque sorprendió su reacción, Rafael le dijo a su hijo para cubrir su puesto. Aunque le hubiera gustado admitirlo, Daniel sabía que esto no se trataba de una muestra de cariño de padre a hijo. Lo hacía solamente por respeto a la familia a la que trabaja. Además era una forma de que Javier no se viera envuelto en líos con sus jefes. Esto demostraba el gran respeto de Javier hacia Rafael, su mejor amigo. Todo el amor que no tenía por su hijo lo tenía por su amigo. Le tranquilizaba que Javier se quedara en una de las cabañas ocultas por el bosque donde vivían los cazadores. Anatole estaba lleno de pequeñas guaridas de cazadores. Todas estaban en muy mal estado, pero por lo menos su sorprendente camuflaje aseguraba que ningún lobo se pudiera percatar de que era un escondrijo. Todas estaban así menos una, en la que vivian. Unas escaleras ocultadas por hojas y ramas conducían a un subsuelo donde un largo pasillo llevaba a una gran sala circular que era el comedor de los cazadores
La constante preocupación de Rafael hacia Javier hacía mucho daño a su hijo, que callado, tragaba todo sus problemas, y estos se descomponían en su interior. Daniel seguía sentado pensando en todos sus problemas mientras Antonio seguía cargando las tintas contra sus jefes. Pero un leve sonido de arbusto moviéndose alertó al veterano cazador, que obligó rápidamente a su ojo, gracias a la mira del rifle, ver como se movía la maleza en uno de los extremos del agujero. Su dedo ya estaba en el gatillo... esperando que cualquier animal saliera a la luz. Antonio tenía una puntería envidiable, era el mejor de los cuatro disparando. Y esta puntería se sumaba a su poca piedad y a su mucha mala leche a la hora de matar animales, convirtiéndole en el más peligroso del grupo. Los dos, desde lo alto del agujero, estaban pendientes de lo que sucedia justo en el extremo que estaba en frente. Ambos callados. Sin respirar. Antonio ni pestañeaba. Daniel no sabía que hacer, aunque no tenía miedo teniendo a su compañero al rifle. Una sonrisa se dibujó en su cara; habría detectado donde estaba el animal. Hasta que gritó:
-¡Me cago en su puta vida!
Una mano en alto de dejo ver entre la maleza del extremo contrario (también encima del agujero).
-Es tu jodido padre. Casi te quedas sin él.
Rafael rodeó el agujero de manera rápida y acelerada. Parecía que tenía noticias importantes que dar a sus compañeros. Daniel lo veía acercarse con cara triste y preocupada, porque sabía que pasaría de él, como hacía siempre; mientras llegaba volvía a pensar cuál podría ser el motivo de esa situación. Rafael, nada más llegar a donde estaba, se apoyó en una roca. Respiraba fuerte y cansado; había venido casi corriendo. Rafael era un hombre de unos 40 años. Fuerte y robusto, calvo y con perilla.
-Javier se ha escapado-dijo con cara de preocupación-He ido está mañana al pueblo a por comida, como todos los jueves, y me he encontrado con Mikel-Mikel es el nombre del jefe de los cazadores, el adinerado y pijo jefe.
-Y que te ha dicho ese capullo-replicó Antonio.
-Que Javier no fue ayer a por la cesta de comida, y Javier tampoco está en casa.
-¡Me cago en su vida! ¿Crees que ha hecho lo que estoy pensando verdad?
-No lo creo…estoy completamente seguro-dijo Rafael temiendo por su amigo.
Antonio cogió una botella de agua y se la pasó a Rafael, que sudaba de una mezcla de sudor, cansancio y preocupación. No dio las gracias con palabra sino con gesto.
-Maldita obsesión de criajo-dijo Antonio, preocupado por el desaparecido Javier.
-Debo ir Antonio.
-¡Qué dices Rafa! ¡No jodas! No puedes hacerlo, no podemos quedarnos solo dos a la noche, sería una jodida locura y lo sabes
Daniel no quería hablar, solo escuchaba discutir a su compañero cascarrabias y a su padre, en silencio, dolorido por la preocupación de su padre hacia su amigo, preocupación que no recordaba que hubiera tenido con él.
-Sé que es una locura, y sé que últimamente el bosque está más agitado que de normal. Si hace falta habrá que proceder a lo que se sugirió el otro día.
-Me cago en la puta-gritó Antonio-En cuanto lo encuentres te juro que le voy a reventar sus pelotas a patadas. Aunque eres consciente de que encontrarlo en este bosque es como buscar una aguja en un pajar, ¿no?
-Sí. Pero no puedo no hacer nada, supongo que se habrá dirigió hacia el este, donde hay más lobos. Además es donde Javi creía que estaba el “gran lobo”.
-“El gran lobo”. Que estupidez.
Daniel no sabía de qué hablaban. Sí que alguna vez había oído a Javier decir cosas de algún extraño ser en el bosque. Pero él estaba acostumbrado a este tipo de cosas. En el pueblo se generaban mil leyendas cada año. En su interior, según los habitantes más cercanos al bosque, se podía encontrar brujas, árboles que se mueven solos, tragos, duendes y demás monstruos mitológicos y fantásticos. Por supuesto que él no creía en ninguna de estas cosas, pero por lo visto Javier sí. Ese fue el motivo de su extraño comportamiento. Su obsesión por algún ser fantástico le volvió loco. Y Daniel concluyó por lo que decían los cazadores, que Javier había ido en busca de ese ser, al parecer, “gran lobo”.
-Joder Antonio, me da igual que se le haya ido la cabeza, es mi amigo, y no voy a dejar que se entregue ante los lobos solo porque busca un monstruo. No lo voy hacer.
-Vale… pero quiero que seas consciente Rafael, que dejándonos solos a tu hijo y a mi, estás poniendo en peligro la vida de tu hijo, la mía y la de la abuela-Rafael se quedó pensativo varios segundos, y devolvió una mirada decidida, Antonio sabía que dijera lo que dijera iría en busca de Javier.
-Voy a ir.
-Como veas, no soy quién pa decirte lo que tienes que hacer. Pero no la cagues. Por cierto, quién va a llevarle comida a la vieja.
-Me dijo Mikel que Ruth iba a mandar mañana a Elena.
-¡Anda! La pequeña Elena. ¿Cuántos años tiene ya?
-18 recién cumplidos.
-Joder que rápido pasa el tiempo.
-Antonio no tengo tiempo para hablar, debo irme. Bueno…ya nos veremos-miró a Daniel y le hizo un gesto con las cejas a modo de despedida. Y se marchó. Su hijo vio su marcha con ojos llorosos. Y Antonio era consciente de esto, y dándole un golpe amable en la espalda, esperaron juntos a que anocheciera…iba a ser una noche dura sin dormir. Ya a la mañana harían turnos: Antonio estaría toda la mañana y Daniel estaría a la tarde. A la noche se volverían a juntar. El sol empezó a caer…