domingo, 29 de noviembre de 2009

ABSURDO

Llevaba tiempo esperando hacer un experimento como este: escribir una paranoia que diga algo pero que no diga nada. Es decir, no busquéis mensaje a este cuento, que simplemente es, absurdo.

CUENTO 4:

ABSURDO

En frente del espejo, comienza a pintarse la cara. La pintura blanca colorea su rostro, y la roja sus dos grandes mofletes. De negro se pinta alrededor de los ojos, y dos cruces en el medio de los dos círculos rojos de sus mofletes. Ahora se está afeitando las cejas porque más tarde se pintará una larga, curva y única ceja. Su pelo cambia a color rojo. Viste trajes chillones y pantalones anchos. Zapatones y un gorro extraño; el payaso ya está listo para su actuación.

Es una lástima que lo hayan despedido del circo. Con lo famoso que él era y ahora mírale, delante del espejo soñando con volver al escenario. Pobre infeliz. Hace unos cuantos años, consiguió ser el ídolo de todos los niños mediante chistes inteligentes y una trabajada mímica que sorprendió a medio mundo. Esta trabajada función le hizo ganar varios premios de humor.

Pero todo lo que sube…baja. Eso mismo ocurrió con la carrera de nuestro protagonista. Un buen día se quedó sin ideas nuevas, todos sus chistes eran malos y no provocaban risa alguna en la gente…ni siquiera una simple sonrisa. Sus intentos de volver a la fama fueron desastrosos y anunció su retirada, soñando con volver un buen día y sorprender a la crítica. Aún espera ese momento…

Este fracaso no solo afectó a su vida profesional: su familia se empezó a distanciar hasta desaparecer por completo. Ahora está solo. Tenía un amigo que también era un fracasado, más murió de la forma más tonta que pueda existir en este mundo. Fue la victima del accidente de coche más absurdo de la historia. Su vehículo volcó al perder su rueda que fue arrancada al pegarse en un fuerte chicle que algún gamberro tiró a la carretera. Fue…extraño.

Nuestro amigo el payaso pasaba las tardes dándole vueltas a la cabeza: “Ahora soy igual de perdedor que el bobo del coche, que absurda muerte tendrá el destino preparada para mí…” Pensaba y pensaba, recapacitaba todas las noches, imaginaba como podría ser… El payaso lloraba, y la pintura negra se corría hasta llegar a la altura de la nariz.

-Decidido- dijo el payaso a su reflejo- Estoy listo para mi última función. Si el destino me busca, me esconderé donde no pueda verme… Querías humor y lo rechazasteis, ahora podréis disfrutar de mi actuación final; os aseguro que, ni de lejos, va a ser divertida. Prepararos para el nuevo Steve, un Steve dramático. El primer payaso que os hará llorar… y no precisamente de risa. Señoras y señores os presento el adiós de Steve.

Ya maquillado, cogió el coche y se dirigió al precipicio. El quería morir, pero por si el destino quería impedírselo (para luego atacar con un vergonzoso final) se iba asegurar bien de su muerte. Preparó la soga, la ató en una rama, y se la colocó en el cuello. Tomó veneno y se roció con gasolina. Una triple muerte; esto no podía fallar. Empezó a contar: uno, dos y tres. Encendió el mechero y el comenzó a arder, un segundo después ya se encontraba en el aire, cayendo…esperando el momento en el que la cuerda parase rompiéndole el cuello y ahogándole…pero ese momento no llego. La rama en la que había atado la cuerda se partió en dos y él cayó al mar, donde sus llamas se extinguieron. La presión del mar, y el golpe al caer al agua le hicieron vomitar la comida anterior y…el veneno. Estaba a salvo.

Un marinero que afortunadamente pasaba por allí, lo vio. Él lo recogió y lo llevo al hospital más cercano. Esa misma noche, murió de hipotermia. He de afirmar, amigo Steve, que tu última función ha sido la más divertida de toda tú carrera como payaso. Enhorabuena.

domingo, 18 de octubre de 2009

Callada

"No le apetecia hablar; siempre que abría el buzón metía la pata. Por eso se grapó la boca. "Buen plan" pensó, puesto que era imposible decirlo; las grapas había sellado sus rojos labios. Calló...para siempre.

Al día siguiente, el chico del que andaba enamorada, le pidió salir y ella...calló."


A veces queremos eliminar cosas nuestras, y no nos damos cuenta que esas cosas son las que nos hacen ser uno mismo. YO seguire metiendo la pata.

viernes, 2 de octubre de 2009

Lágrimas del corazón

Sentada en la cama de su cuarto, único hogar de la cordura, llora sus penas. Para ella, llorar era purgar la pena, deshidratar todo el miedo que habitaba en su interior. Sus lágrimas escapaban de sus ojos chocando en el suelo, que poco a poco se iba humedeciendo.


Seguía sudando la angustia que le llenaba, rodeaado de recuerdos pasados, mientras poco a poco la habitación se inundaba con el agua salada que sus ojos manaban. No pudo dejar de llorar...y se ahogó en sus propias lágrimas

domingo, 12 de julio de 2009

El príncipe de la dulce pena


Una noche al filo de una lúgubre media luna

mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

Con estos curiosos versos, el virginal folio quedó manchado. En la oscura habitación, gruta de la bohemia, permanecía “el príncipe de los poetas malditos”, que dejaba a su mano plasmar lo que el corazón le dictaba. Un corazón que no bombeaba sangre sino imaginación. Él, hábil escritor de cuento y fábula, veía en ese cuartucho el lugar idóneo donde recrear macabros asesinatos y paranormales sucesos. Escribía desde las sombras… tenebrosa cueva, residencia de la oscuridad, hogar de la penumbra.

Una diminuta llama iluminaba tímidamente, desde la cima de un largo y escuálido cilindro de cera, el escritorio del poeta. Este, viejo mueble del color del polvo, estaba lleno de las hojas y los folios que los árboles de la sabiduría, las musas, habían dejado caer de su reino; proyectos rechazados, sueños rotos, buenas ideas en la cabeza pero horribles en papel. Al compañero del novelista le faltaba una de sus cuatro piernas; pero su cojera le había sido corregida por una larga pila de ensayos polvorientos y de restos literarios.

El resto de la habitación se encontraba en la oscuridad. Desde la mugrienta biblioteca, se podía distinguir una larga sábana gris tejida por las arañas, compañeras de piso del genio, que cubría parte de otros muebles. Polvo y suciedad, principal ornamento del ático. Los cadáveres de libros ahogados por la carcoma yacían en la parte más alta de esa torre del terror; en cambio, los supervivientes de la epidemia se encontraban en los estantes más bajos.

El suelo lo componían maderas rotas y dañadas por las termitas, que consideraban el hogar del bohemio un festín; a menudo se solía tropezar con alguno de los tablones que sobresalían. El resto de la habitación la componían un viejo piano (solo para decoración, ya que ni sabía tocarlo, ni estaba en condiciones de ser tocado), una mesita pequeña y dos deterioradas tablas que hacían las veces de silla. La cama no se encontraba en ese piso; arriba era el lugar donde cada noche se trasladaba a un mundo ficticio de sangre, melancolía y muerte, que luego intentaba plasmar en sus escritos.

En la mesa escribe, de forma pausada, pensando…Entre trago y trago de alcohol el poema va cogiendo forma, crece de forma rápida; en breve alcanzará ya su adolescencia. Trabaja desconociendo que su obra será un tesoro literario; trabaja sin saber que él será el padre de excéntricos artistas que seguirán su legado; trabaja sin imaginarse que es un genio. Sus ojos brillan, como estrellas en la noche, como lobo en la penumbra esperando a las ovejas. Estos se trasladan a otros mundos, distintas sociedades, macabras calles, oscuros cementerios… El resto de su cara lo componen rasgos de juventud pérdida, cuidado bigote, rizado cabello…

En una mano la pluma, una botella en la otra. Tan buen escritor como buen bebedor. A su derecha, entre la blanca tormenta de papel, una hojita contiene ideas para próximos trabajos. Una palabra, en la esquina derecha de ese mausoleo de imágenes y símbolos, supone el nacimiento del que será un conocido detective: Dupin. Pocos términos de ese folio se salvarán…quedarán olvidadas en esa lápida de color blanco. A su izquierda, un retrato de su amada, Virgina, cuya alma se la llevará la tuberculosis un par de años después de publicar este poema.

Entre el olor del alcohol y las figuras de humo que el cigarro proyecta, la cueva del escritor comienza a moverse, parece que las musas quieren mudar al poeta. Todo tiembla, los libros se estrellan contra el suelo levantando una potente nube de polvo, que junto al humo del tabaco, se asemeja a la niebla londinense. Jarrones y otros objetos de decoración, escondidos en lo alto de la biblioteca, se rompen en añicos. La ventana estalla, las paredes se tambalean y el techo tirita mientras el escritor observa con curiosidad, sin temor a la muerte, como se derrumba su hogar. Levantándose de la silla, camina lento, mirando cada cosa, esquivando las maderas que caen del techo. Entonces la pared derecha cae al exterior, dejando un enorme agujero.

El hueco que formó el tabique ya derruido, mostró al poeta un paisaje inédito a sus ojos. Un lugar que juraría no haber visto en su vida, a pesar de vivir allí más de 20 años. Dio un paso adelante, saliendo de su gruta destrozada y entrando en un espectral laberinto de lápidas y crucifijos. La niebla cubría, como si de un blanco manto se tratara, la mitad inferior de las numerosas tumbas. El frío chillo del viento enmudecía los graznidos que varios cuervos, vigilantes de la oscuridad, emitían desde los cadáveres de secos árboles. Largas y negras ramas, brazos de la naturaleza, se enlazaban entre sí, formando arcos de muerte, decoración del grotesco espectáculo. El cielo se presentaba triste; dejaba escapar alguna fría lágrima que mojaba la nuca del genio.

Y llegó, paseando de forma lenta, hasta la última altura de esa espectral colina de lápidas. Observó, atónito, un empinado barranco de rocas abruptas. Allá, donde el barranco terminaba, comenzaba una gran llanura de ataúdes y estatuas, que se extendía a lo largo de varias montañas. Estaba en el mayor cementerio jamás visto. Miles y miles de tumbas se mostraban ante el bohemio. Encima de ellas, negras nubes amenazaban con llover de forma más fuerte. Una sonrisa se observaba en su rostro; siguió su paseo, leyendo cada inscripción de las lápidas. De pronto, el frío recorrió su cuerpo. Su sonrisa desapareció al ver que se encontraba ante su propia tumba. La tierra estaba levantada, preparada para el momento en el que haya que introducir su inmóvil cuerpo en el ataúd y tapar este con tierra. Según la inscripción gozaría vivo hasta noviembre del 75. En lo alto de la lápida el relieve de un cuervo posado sobre una rama.

Sintió curiosidad, sintió morbo, sintió que no tenía miedo a la muerte, y con espíritu burlón se dijo: “veamos que es lo que nadie ha sentido ni sentirá en vida, veamos como se vive la muerte”. Con la sonrisa otra vez en su rostro, saltó al hondo agujero y se tumbó en su interior. “Este será el hogar cuando mi cuerpo se canse de vivir” dijo entre risas. Carcajadas, silbidos, canciones…Sin duda alguna se lo estaba pasando bien allí. La luna llena lo iluminaba, hasta que todo se oscureció. En lo alto del agujero vio una flaca figura que de negro vestía. Chistera en su cabeza e instrumento de enterrador en su mano: pala en teoría, guadaña en la práctica. Su rostro huraño y siniestro, ojos del color del fuego y del odio; era como ver a un esqueleto con vida. Este reía, y su compañero el eco se encargaba de poner más énfasis a dichas carcajadas.

El poeta, “príncipe de los malditos”, lo miraba aterrado desde su propia tumba. El huesudo enterrador cavó la pala en la tierra y empezó con su trabajo. Mientras lo enterraban vivo, el hábil escritor de cuento y fábula, no hacía nada. El miedo lo había atado con sus poderosas cuerdas. Sólo miraba como su vida terminaba. “Llegó el momento” -dijo con ronca voz el enterrador- “Llegó el momento… Edgar Allan Poe”

Abrió lentamente los ojos, y vio delante de él una vieja mesa llena de papeles arrugados; se alegró de volver a ver a su amiga. Entonces observó como su mano izquierda agarraba con fuerza una botella de alcohol. Empezó a atacar cabos, y la risa se le volvió a escapar. “Aún no me quieres”, decía entre carcajadas, “parece que la muerte no es tan valiente como parecía”. Y sonriente acabó el poema…

Y mi alma,
del fondo de esa sombra

que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

martes, 23 de junio de 2009

Árbol

A menudo sentimos la necesidad de estar solos para purgar la pena, para llorar las lágrimas del corazón. Pero lo único que conseguimos es agrandar esa tristeza, ahogarnos en nuestras propias lágrimas y echar raíces de tanto estar quieto:

ÁRBOL


Caminaba a la luz de la luna llena mientras esta le observaba cada paso, lo vigilaba atenta. Su rápida marcha nos indica que no podía detenerse a pensar. No. No tenía tiempo para eso. Él andaba casi corriendo por ese oscuro bosque, donde sus descalzos pies sufrían numerosos cortes y rasguños que puntiagudas piedras diminutas le hacían. La desnudez de sus pies no se debía a un voluntario sufrimiento. No. La razón era más sencilla: había salido de su casa de la forma más veloz que su cuerpo le había permitido. De ese modo salió con lo puesto. La pregunta que surge es ¿cuál es el motivo que obligó a los píes de este muchacho a soportar esa lenta y dolorosa tortura?

Lo primero que hay que comprender es que es joven, y como todos los jóvenes, es un ser atado a un fuerte y grueso cordel invisible, que desde el cuello (rodeándolo cuál serpiente ataca a su presa) va tirando de él hacia su amor. Sabía que ella estaba sufriendo…pero no sabía porqué. Y eso también le hacía sufrir a él. Asimismo conocía el rincón donde ella se dejaba perder en momentos de depresión y dolor para deshidratar todo el miedo que había en su interior. Allí se dirigía el joven, a ese rincón humedecido por las lágrimas de su amada. A ese lugar donde ella dejaba llover tristeza para ser feliz. A ese terreno oculto en medio del legendario bosque. Por esa razón su marcha era rápida. Y ese bosque, fuente de leyendas y cuentos, era un lugar donde la magia y la brujería moraban desde que la vida era joven.

Caminaba sobre las hojas que los torcidos y viejos árboles, colocados en línea recta dejando un espectral sendero, habían dejado caer el mes de otoño. Estos parecían sacudirse de encima su obligada inmovilidad. Cada árbol era un alma en pena, condenada a pasar el resto de su existencia entre corteza y musgo. Ese bosque era mitad purgatorio, mitad cementerio. La niebla, aliada de la joven, tenía el encargo de esconder este lugar de tortura interior. Pero él no se daba por vencido; no le importaba la sangre de sus pies que, aburrida ya de su lugar de origen, se dejaba mostrar al exterior, y escapaba resbalando en forma de hilo rojo por la piel del muchacho.

Aunque parecía que la naturaleza estaba de la parte de ella, el caballero pudo llegar a ese escondrijo que la niebla escondía. Y como si de una simple cortina se tratara, la apartaba con la mano. Allá estaba, tan bella, tan hermosa…tan misteriosa. De lejos, observaba su figura encogida bajo el arco que unas ramas formaban. Sentada en una roca, con la mirada puesta en el cielo…De vez en cuando agachaba la cabeza para dejar que su dolor hecho agua escapara ya de sus ojos, chocando contra el embarrado suelo. Lloraba las lágrimas de una Dido, que desde Pira ve marchar a su amado Eneas; las lágrimas de una Julieta impedida por sus padres a enamorarse de Romeo; las lágrimas que un Dante habría dejado escapar, al imaginarse a su difunta Beatriz guiándole por el paraíso de su Divina Comedia.

Había visto morir muchas lunas y nacer muchos soles desde ese mágico lugar. Sola, triste, destrozada. Así le vio a la mujer de su vida. No sabía como reaccionar; desconocía su problema…la desconocía a ella. Se acercó y ambas miradas se encontraron. La enorme luna se reflejaba en los cuatro llorosos ojos. Él le susurraba al oído mientras ella, llorando, negaba con la cabeza. “Debes volver con los que te aman” decía. Seguía sudando la angustia que le llenaba, cuando el joven miró los pies de su amada. Largas raíces la tenían atada. Estaba encadenada a la tierra. De tanto tiempo que llevaba quieta en ese mágico lugar, había comenzado a echar raíces. Desde el barro varias lianas rodeaban sus piernas. La naturaleza decoraba el cuerpo de la joven con grandes hojas verdes. Con la fuerza de un Hércules intentaba arrancar el vestido que Dafne había tejido para ella. Pero era inútil. Las lágrimas, que continuamente escapaban de sus ojos, regaban las raíces. Pronto se convertiría en un árbol.

Estaba encerrada en una prisión cuyos barrotes son invisibles, hechos de miedo, complejo y cobardía. Y no podía escapar. Su alma estaba llena de nubes, por ello llovían lágrimas de sus ojos que seguía bañando la vegetación en la que se estaba convirtiendo. Negaba las propuestas de su amado; no se quería ir, no le apetecía que le vieran así en el pueblo, no le importaba convertirse en árbol. Entonces ella le besó. En este caso un beso valió más que mil palabras y él se fue con paso lento, volviendo continuamente la cabeza para verla llorar desde lejos.

Pero él no se desanimó y la fue a visitar cada día para regarla con agua dulce, que desde el pozo se la llevaba en una regadera, y con agua salada, que traía en el interior de sus ojos. Han pasado más de diez años y ella ya es un auténtico árbol. Su cuerpo está cubierto por corteza, la cuál había sustituido su piel. Musgo en vez de cabello, que junto a varias lianas le caían por la cabeza decorada por flores. Desde sus hombros se extendían dos largas ramas, y desde las plantas de sus pies crecían las raíces que la tenían atada. Varias runas celtas se encontraban a lo largo de su cuerpo de madera. Inmóvil, nada de su cuerpo se movía excepto sus ojos, que a veces pestañeaban. Y ahora el joven, quien al contrario de su novia lucha por salir de esa cárcel de sentimientos, se pregunta por la razón de ese original suicidio. Eso nadie lo sabe ni lo sabrá, es un secreto que quedará oculto para siempre en la naturaleza.



domingo, 21 de junio de 2009

Para quién no me conozca

Si no me conoces, esta es mi mejor presentación. El autor es mi primo Egoitz, que parece que me conoce bastante. Os dejo con este soneto.

Vos, entre burtoniano y quevediano,

Sois un extraño ZUMO y un buen perro,

Vuestra extrañísima pluma de hierro

Se va acercando al cerro parnasiano.


No os negare que sois, mas o menos,

Hábil escritor de cuento y fábula,

Y un poco friki (hasta la médula)

Un hombre que reúne dos extremos.


Pero tenéis, se ve, virtud sobrada

Para hacernos risible una chorrada

Y dirigïr una blog semejante


Pues en este santo cajón de sastre

Vemos al reno Renardo y don Francisco

Bailando juntos en el mismo circo.


(Y aunque este soneto es un desastre,

no os enfadéis, no me seáis necio,

con esto solo os quiero mostrar mi aprecio)


"__*MY COUSIN*__"

jueves, 18 de junio de 2009

Dolor



Toda persona sabe que el dolor no tiene porque venir ligado a una herida, incisión, corte o lesión física; aun así es algo que nos cuesta comprender:


DOLOR



Nos encontramos en el Londres de 1889, donde sus largas y angostas callejuelas respiran el miedo al asesino Jack. Al instante se puede leer el terror en los rostros de los vecinos. A quién desconozca la historia de este homicida, señalaré que degollaba a mujeres, todas de trabajo poco noble, que no temían la oscuridad de Londres. Por esta razón, poca gente paseaba por la capital bajo la luz de la luna; la noche vaciaba las calles de Londres. Todo esto ambientaba esta ciudad como una zona en blanco y negro besada por la densa niebla (escondite del lobo destripador) Se transformaba en un lugar oscuro…triste, como el gemido del viento vagabundo por las callejuelas ahora desiertas, triste…

Pero nuestra historia no habla de Londres, ni del destripador. No. Les presento al señor Smith, quién en estos momentos se encuentra tocando su piano; le encanta pasar las noches tocando este magnifico instrumento. El señor Smith es un señor respetable, de unos 48 años, cuya cara transmite madurez; se nota que sus ojos han llorado mucha tristeza, debido a momentos muy duros que, desgraciadamente, entraron en su vida. Nuestro personaje es viudo, pero no vive solo, le acompaña su hija Elizabeth, una hermosa joven de 18 años con toda una vida por delante. O a lo mejor me equivoco…

Seguimos en el interior de la casa, donde se alegra la noche con la cuidada y fina melodía, que nuestro amigo Smith toca con máximo disfrute. El hombre, vestido como el color de las tinieblas, pone todo su sentimiento en este instrumento musical, que ahora ocupa gran parte de su corazón. De este modo, los segundos se hacen minutos, y estos a su vez en horas; el reloj marca la medianoche. Pero un grito inesperado rompe la balada; parece que a su hija le ocurre algo. No entiende porqué, pero el piano pasa a un segundo plano (tal vez a un tercero) mientras sube con velocidad las escaleras que conducen a la habitación de la muchacha. Parece mentira, pero al ver este segundo piso, Smith considera que es completamente nuevo; el piano es el culpable.

Corre, grita, llora…Portazo. Sorpresa. Su hija yace en el suelo, arropada en un elegante y largo vestido blanco, que contrasta con el color triste y melancólico de esa casa. Estaba tumbada bajo un gran charco que manchaba el precioso vestido; el color rojo ha vencido al negro dominante de la noche londinense. No le faltó tiempo al músico para hincar sus rodillas en las húmedas y duras tablas de madera, de un tono marrón tirando a gris, que componían el suelo de la habitación. Aunque había derramado mucha sangre, todavía vivía. Pero la dramática escena tiene algo de particular, algo extraño, algo insólito. La palabra sangre siempre viene unida al término herida, corte, incisión…en este caso no es así. En la joven es imposible encontrar una de ellas. ¡Ni siquiera un simple moratón!

Blanco, rojo y en menor medida el negro. Mientras el señor la tenía agarrada esta comenzó a recordar algo, un sentimiento, un momento no muy lejano… Ella recordó…color. Pero eran distintos a los habituales; estos eran colores vivos, alegres, llenos de puro sentimiento. Se acordó del potente tono verde que cubría los mágicos valles, bajo el azul celeste de un cielo que observó atento la escena de un romántico beso con el hombre que Elizabeth quería convertir en esposo. Lástima que su padre no pensará lo mismo, puesto que el chaval pertenecía a una familia que Smith no apreciaba, debido a asuntos que no nos interesan en esta historia. Ese simple recuerdo dio fuerza a la joven para murmurar algo, que Smith rápidamente asimilo con un nombre propio; el pianista lo entendió todo. Ahora entra un nuevo color a escena: esta vez es el plateado, procedente de las lágrimas de un padre arrepentido por romper un sueño, la ilusión de su hija.

La sangre, que mágicamente manaba del cuerpo de la chica, procedía directamente del corazón, un órgano que había sido arañado por un ser querido. Poco a poco, mientras las plateadas lágrimas se van mezclando con el rojo de la sangre, la herida parece cerrarse…

Silencio

El siguiente relato trata de un error común, un problema que todas las personas han cometido alguna vez en esta vida: dar importancia a lo insignificante, dejando de lado algo importante.

CUENTO NÚMERO I

SILENCIO

En la lujosa casa situada al final de la enriquecida calle “rosenrot”, trabajaba minuciosamente un joven y misterioso hombre. Situado frente a su ordenador portátil, tecleaba rápidamente, sin pausa; su mirada fija al ordenador expresaba máxima atención. Ni la magnífica tarde que ese día hacía le molestaba; él trabajaba sin parar. La verdad es que este hombre de nombre desconocido, tenía un buen trabajo que le aseguraba la “buena vida” que llevaba, reflejada en la enorme casa, acompañada de un inmenso jardín donde los turistas paraban para ver la fuente de agua cristalina donde dorados peces nadaban felizmente. Por lo que cuentan las marujas de la calle, era un famoso columnista del más prestigioso periódico del país.

Pero vamos a centrarnos en el interior de la casa, donde se está protagonizando una típica escena: el marido trabajando en su despacho. Todo parecía normal. ¿Todo? No. Había un detalle que podía ser ignorado, pero no por ello iba a ser menos importante: las teclas que tan rápido eran pulsadas no emitían ningún ruido. Pero no era lo único que no producía sonido: la casa estaba en completo silencio. Ningún pitido, ningún suspiro, ningún bostezo, ni siquiera un tosido sonaba en la casa. Un grifo de agua goteaba en silencio, y el mudo “tic-tac” del reloj pasaba inadvertido. Aunque no solo la casa del señor ___________ era silenciosa, la vivienda de sus vecinos era igual o incluso más sigilosa. En verdad toda la ciudad era muda: la gente hablaba sin palabras, se conducían coches que no emitían ruido, los pájaros cantaban sin melodía…

Sería alrededor de la siete de la tarde, cuando comenzó a sonar un ligero sonido, que a su vez era un estruendo para esa silenciosa sala., que empezaba a estorbar a nuestro desconocido personaje. La velocidad de trabajo se estaba relajando. ¡Aquel maldito ruido! El ruido incrementaba un segundo y luego parecía alejarse, pero al segundo volvía a realizar la misma acción. La cara del joven cambiaba por momentos; sin duda alguna expresaba nervios, ira, odio.... Aquel sonido iba a volverle loco.

Harto de la situación paró de teclear girando bruscamente en busca del diabólico ruido. Sus ojos se movían rápidamente analizando cada esquina, mueble o planta de la insonora sala. ¡Al fin dio con la clave! El causante del sonido que taladraba la cabeza de nuestro mudo protagonista había sido descubierto. Entonces entendió porque la repetitiva “melodía” venía, se iba y después volvía: el responsable de la locura del señor era un ser volador, pequeño, pero volador. Una simple mosca le había hecho enloquecer. Pero nuestro amigo no entendía como algo tan diminuto puede provocar un sonido tan inmenso. Gritando silenciosamente, se levanto de forma brusca tirando la silla, que pego un fuerte, pero mudo golpe. Con callados bastonazos intento cazar al pequeño insecto, el cual esquivo todos los movimientos del colérico señor. Otro sordo grito salio de su boca y dando un insonoro portazo salio de su casa (o como lo llamamos los de “clase media”: mansión). Corrió por la ciudad de los atascos callados, y los charlatanes mudos. Entro en una humilde tienda de sonrientes orientales que disimuladamente te vigilan mientras buscas el producto que deseas. Giró por el primer pasillo, que contiene muñequitos de plástico barato, estatuillas de samuráis y auriculares cuya vida no dura mas de 48 horas. Mentiría si dijera que el personaje no sonrió al ver el insecticida. Los sigilosos pasos que se dirigían a la mansión, llevaban un ritmo rápido; pronto el ruido callaría para siempre.

Por fin llego el ansiado momento: la mosca revoloteaba ante los ojos del caballero, cuyo dedo ya apretaba el botón del spray. A la mosca no le costo caer al suelo, donde se revolvía y giraba en círculos. El pie del supuesto periodista alivio el dolor de la mosca. Con una sonrisa que no cabía en su rostro, se volvió a sentar frente al ordenador. Apenas tecleo dos letras cuando una luz se encendió en su móvil. La sonrisa se le borro enseguida puesto que sabía que significaba la lucecita: debía recoger a sus hijos del colegio. Tristemente apago el ordenador. Se sentía como un imbecil: todo un día de trabajo desperdiciado, un articulo sin acabar por culpa de algo enano, minúsculo, pequeño. Aun no se entiende como un ser tan diminuto puede acaparar tanta atención.

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