Una noche al filo de una lúgubre media luna
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”
Con estos curiosos versos, el virginal folio quedó manchado. En la oscura habitación, gruta de la bohemia, permanecía “el príncipe de los poetas malditos”, que dejaba a su mano plasmar lo que el corazón le dictaba. Un corazón que no bombeaba sangre sino imaginación. Él, hábil escritor de cuento y fábula, veía en ese cuartucho el lugar idóneo donde recrear macabros asesinatos y paranormales sucesos. Escribía desde las sombras… tenebrosa cueva, residencia de la oscuridad, hogar de la penumbra.
Una diminuta llama iluminaba tímidamente, desde la cima de un largo y escuálido cilindro de cera, el escritorio del poeta. Este, viejo mueble del color del polvo, estaba lleno de las hojas y los folios que los árboles de la sabiduría, las musas, habían dejado caer de su reino; proyectos rechazados, sueños rotos, buenas ideas en la cabeza pero horribles en papel. Al compañero del novelista le faltaba una de sus cuatro piernas; pero su cojera le había sido corregida por una larga pila de ensayos polvorientos y de restos literarios.
El resto de la habitación se encontraba en la oscuridad. Desde la mugrienta biblioteca, se podía distinguir una larga sábana gris tejida por las arañas, compañeras de piso del genio, que cubría parte de otros muebles. Polvo y suciedad, principal ornamento del ático. Los cadáveres de libros ahogados por la carcoma yacían en la parte más alta de esa torre del terror; en cambio, los supervivientes de la epidemia se encontraban en los estantes más bajos.
El suelo lo componían maderas rotas y dañadas por las termitas, que consideraban el hogar del bohemio un festín; a menudo se solía tropezar con alguno de los tablones que sobresalían. El resto de la habitación la componían un viejo piano (solo para decoración, ya que ni sabía tocarlo, ni estaba en condiciones de ser tocado), una mesita pequeña y dos deterioradas tablas que hacían las veces de silla. La cama no se encontraba en ese piso; arriba era el lugar donde cada noche se trasladaba a un mundo ficticio de sangre, melancolía y muerte, que luego intentaba plasmar en sus escritos.
En la mesa escribe, de forma pausada, pensando…Entre trago y trago de alcohol el poema va cogiendo forma, crece de forma rápida; en breve alcanzará ya su adolescencia. Trabaja desconociendo que su obra será un tesoro literario; trabaja sin saber que él será el padre de excéntricos artistas que seguirán su legado; trabaja sin imaginarse que es un genio. Sus ojos brillan, como estrellas en la noche, como lobo en la penumbra esperando a las ovejas. Estos se trasladan a otros mundos, distintas sociedades, macabras calles, oscuros cementerios… El resto de su cara lo componen rasgos de juventud pérdida, cuidado bigote, rizado cabello…
En una mano la pluma, una botella en la otra. Tan buen escritor como buen bebedor. A su derecha, entre la blanca tormenta de papel, una hojita contiene ideas para próximos trabajos. Una palabra, en la esquina derecha de ese mausoleo de imágenes y símbolos, supone el nacimiento del que será un conocido detective: Dupin. Pocos términos de ese folio se salvarán…quedarán olvidadas en esa lápida de color blanco. A su izquierda, un retrato de su amada, Virgina, cuya alma se la llevará la tuberculosis un par de años después de publicar este poema.
Entre el olor del alcohol y las figuras de humo que el cigarro proyecta, la cueva del escritor comienza a moverse, parece que las musas quieren mudar al poeta. Todo tiembla, los libros se estrellan contra el suelo levantando una potente nube de polvo, que junto al humo del tabaco, se asemeja a la niebla londinense. Jarrones y otros objetos de decoración, escondidos en lo alto de la biblioteca, se rompen en añicos. La ventana estalla, las paredes se tambalean y el techo tirita mientras el escritor observa con curiosidad, sin temor a la muerte, como se derrumba su hogar. Levantándose de la silla, camina lento, mirando cada cosa, esquivando las maderas que caen del techo. Entonces la pared derecha cae al exterior, dejando un enorme agujero.
El hueco que formó el tabique ya derruido, mostró al poeta un paisaje inédito a sus ojos. Un lugar que juraría no haber visto en su vida, a pesar de vivir allí más de 20 años. Dio un paso adelante, saliendo de su gruta destrozada y entrando en un espectral laberinto de lápidas y crucifijos. La niebla cubría, como si de un blanco manto se tratara, la mitad inferior de las numerosas tumbas. El frío chillo del viento enmudecía los graznidos que varios cuervos, vigilantes de la oscuridad, emitían desde los cadáveres de secos árboles. Largas y negras ramas, brazos de la naturaleza, se enlazaban entre sí, formando arcos de muerte, decoración del grotesco espectáculo. El cielo se presentaba triste; dejaba escapar alguna fría lágrima que mojaba la nuca del genio.
Y llegó, paseando de forma lenta, hasta la última altura de esa espectral colina de lápidas. Observó, atónito, un empinado barranco de rocas abruptas. Allá, donde el barranco terminaba, comenzaba una gran llanura de ataúdes y estatuas, que se extendía a lo largo de varias montañas. Estaba en el mayor cementerio jamás visto. Miles y miles de tumbas se mostraban ante el bohemio. Encima de ellas, negras nubes amenazaban con llover de forma más fuerte. Una sonrisa se observaba en su rostro; siguió su paseo, leyendo cada inscripción de las lápidas. De pronto, el frío recorrió su cuerpo. Su sonrisa desapareció al ver que se encontraba ante su propia tumba. La tierra estaba levantada, preparada para el momento en el que haya que introducir su inmóvil cuerpo en el ataúd y tapar este con tierra. Según la inscripción gozaría vivo hasta noviembre del 75. En lo alto de la lápida el relieve de un cuervo posado sobre una rama.
Sintió curiosidad, sintió morbo, sintió que no tenía miedo a la muerte, y con espíritu burlón se dijo: “veamos que es lo que nadie ha sentido ni sentirá en vida, veamos como se vive la muerte”. Con la sonrisa otra vez en su rostro, saltó al hondo agujero y se tumbó en su interior. “Este será el hogar cuando mi cuerpo se canse de vivir” dijo entre risas. Carcajadas, silbidos, canciones…Sin duda alguna se lo estaba pasando bien allí. La luna llena lo iluminaba, hasta que todo se oscureció. En lo alto del agujero vio una flaca figura que de negro vestía. Chistera en su cabeza e instrumento de enterrador en su mano: pala en teoría, guadaña en la práctica. Su rostro huraño y siniestro, ojos del color del fuego y del odio; era como ver a un esqueleto con vida. Este reía, y su compañero el eco se encargaba de poner más énfasis a dichas carcajadas.
El poeta, “príncipe de los malditos”, lo miraba aterrado desde su propia tumba. El huesudo enterrador cavó la pala en la tierra y empezó con su trabajo. Mientras lo enterraban vivo, el hábil escritor de cuento y fábula, no hacía nada. El miedo lo había atado con sus poderosas cuerdas. Sólo miraba como su vida terminaba. “Llegó el momento” -dijo con ronca voz el enterrador- “Llegó el momento… Edgar Allan Poe”
Abrió lentamente los ojos, y vio delante de él una vieja mesa llena de papeles arrugados; se alegró de volver a ver a su amiga. Entonces observó como su mano izquierda agarraba con fuerza una botella de alcohol. Empezó a atacar cabos, y la risa se le volvió a escapar. “Aún no me quieres”, decía entre carcajadas, “parece que la muerte no es tan valiente como parecía”. Y sonriente acabó el poema…
Y mi alma,
del fondo de esa sombra
que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!
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