martes, 23 de junio de 2009

Árbol

A menudo sentimos la necesidad de estar solos para purgar la pena, para llorar las lágrimas del corazón. Pero lo único que conseguimos es agrandar esa tristeza, ahogarnos en nuestras propias lágrimas y echar raíces de tanto estar quieto:

ÁRBOL


Caminaba a la luz de la luna llena mientras esta le observaba cada paso, lo vigilaba atenta. Su rápida marcha nos indica que no podía detenerse a pensar. No. No tenía tiempo para eso. Él andaba casi corriendo por ese oscuro bosque, donde sus descalzos pies sufrían numerosos cortes y rasguños que puntiagudas piedras diminutas le hacían. La desnudez de sus pies no se debía a un voluntario sufrimiento. No. La razón era más sencilla: había salido de su casa de la forma más veloz que su cuerpo le había permitido. De ese modo salió con lo puesto. La pregunta que surge es ¿cuál es el motivo que obligó a los píes de este muchacho a soportar esa lenta y dolorosa tortura?

Lo primero que hay que comprender es que es joven, y como todos los jóvenes, es un ser atado a un fuerte y grueso cordel invisible, que desde el cuello (rodeándolo cuál serpiente ataca a su presa) va tirando de él hacia su amor. Sabía que ella estaba sufriendo…pero no sabía porqué. Y eso también le hacía sufrir a él. Asimismo conocía el rincón donde ella se dejaba perder en momentos de depresión y dolor para deshidratar todo el miedo que había en su interior. Allí se dirigía el joven, a ese rincón humedecido por las lágrimas de su amada. A ese lugar donde ella dejaba llover tristeza para ser feliz. A ese terreno oculto en medio del legendario bosque. Por esa razón su marcha era rápida. Y ese bosque, fuente de leyendas y cuentos, era un lugar donde la magia y la brujería moraban desde que la vida era joven.

Caminaba sobre las hojas que los torcidos y viejos árboles, colocados en línea recta dejando un espectral sendero, habían dejado caer el mes de otoño. Estos parecían sacudirse de encima su obligada inmovilidad. Cada árbol era un alma en pena, condenada a pasar el resto de su existencia entre corteza y musgo. Ese bosque era mitad purgatorio, mitad cementerio. La niebla, aliada de la joven, tenía el encargo de esconder este lugar de tortura interior. Pero él no se daba por vencido; no le importaba la sangre de sus pies que, aburrida ya de su lugar de origen, se dejaba mostrar al exterior, y escapaba resbalando en forma de hilo rojo por la piel del muchacho.

Aunque parecía que la naturaleza estaba de la parte de ella, el caballero pudo llegar a ese escondrijo que la niebla escondía. Y como si de una simple cortina se tratara, la apartaba con la mano. Allá estaba, tan bella, tan hermosa…tan misteriosa. De lejos, observaba su figura encogida bajo el arco que unas ramas formaban. Sentada en una roca, con la mirada puesta en el cielo…De vez en cuando agachaba la cabeza para dejar que su dolor hecho agua escapara ya de sus ojos, chocando contra el embarrado suelo. Lloraba las lágrimas de una Dido, que desde Pira ve marchar a su amado Eneas; las lágrimas de una Julieta impedida por sus padres a enamorarse de Romeo; las lágrimas que un Dante habría dejado escapar, al imaginarse a su difunta Beatriz guiándole por el paraíso de su Divina Comedia.

Había visto morir muchas lunas y nacer muchos soles desde ese mágico lugar. Sola, triste, destrozada. Así le vio a la mujer de su vida. No sabía como reaccionar; desconocía su problema…la desconocía a ella. Se acercó y ambas miradas se encontraron. La enorme luna se reflejaba en los cuatro llorosos ojos. Él le susurraba al oído mientras ella, llorando, negaba con la cabeza. “Debes volver con los que te aman” decía. Seguía sudando la angustia que le llenaba, cuando el joven miró los pies de su amada. Largas raíces la tenían atada. Estaba encadenada a la tierra. De tanto tiempo que llevaba quieta en ese mágico lugar, había comenzado a echar raíces. Desde el barro varias lianas rodeaban sus piernas. La naturaleza decoraba el cuerpo de la joven con grandes hojas verdes. Con la fuerza de un Hércules intentaba arrancar el vestido que Dafne había tejido para ella. Pero era inútil. Las lágrimas, que continuamente escapaban de sus ojos, regaban las raíces. Pronto se convertiría en un árbol.

Estaba encerrada en una prisión cuyos barrotes son invisibles, hechos de miedo, complejo y cobardía. Y no podía escapar. Su alma estaba llena de nubes, por ello llovían lágrimas de sus ojos que seguía bañando la vegetación en la que se estaba convirtiendo. Negaba las propuestas de su amado; no se quería ir, no le apetecía que le vieran así en el pueblo, no le importaba convertirse en árbol. Entonces ella le besó. En este caso un beso valió más que mil palabras y él se fue con paso lento, volviendo continuamente la cabeza para verla llorar desde lejos.

Pero él no se desanimó y la fue a visitar cada día para regarla con agua dulce, que desde el pozo se la llevaba en una regadera, y con agua salada, que traía en el interior de sus ojos. Han pasado más de diez años y ella ya es un auténtico árbol. Su cuerpo está cubierto por corteza, la cuál había sustituido su piel. Musgo en vez de cabello, que junto a varias lianas le caían por la cabeza decorada por flores. Desde sus hombros se extendían dos largas ramas, y desde las plantas de sus pies crecían las raíces que la tenían atada. Varias runas celtas se encontraban a lo largo de su cuerpo de madera. Inmóvil, nada de su cuerpo se movía excepto sus ojos, que a veces pestañeaban. Y ahora el joven, quien al contrario de su novia lucha por salir de esa cárcel de sentimientos, se pregunta por la razón de ese original suicidio. Eso nadie lo sabe ni lo sabrá, es un secreto que quedará oculto para siempre en la naturaleza.



3 comentarios:

bea dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
bea dijo...

he disfrutado mucho de este cuento, tienes razón, el lamentarte de tus propias penas, solo consigues ahogarte en tu propio llanto

Oier Barasoain dijo...

y en tus propias lagrimas¡¡¡ ayyy k jodido es el dolor ayyyy