El siguiente relato trata de un error común, un problema que todas las personas han cometido alguna vez en esta vida: dar importancia a lo insignificante, dejando de lado algo importante.
CUENTO NÚMERO I
SILENCIO
En la lujosa casa situada al final de la enriquecida calle “rosenrot”, trabajaba minuciosamente un joven y misterioso hombre. Situado frente a su ordenador portátil, tecleaba rápidamente, sin pausa; su mirada fija al ordenador expresaba máxima atención. Ni la magnífica tarde que ese día hacía le molestaba; él trabajaba sin parar. La verdad es que este hombre de nombre desconocido, tenía un buen trabajo que le aseguraba la “buena vida” que llevaba, reflejada en la enorme casa, acompañada de un inmenso jardín donde los turistas paraban para ver la fuente de agua cristalina donde dorados peces nadaban felizmente. Por lo que cuentan las marujas de la calle, era un famoso columnista del más prestigioso periódico del país.
Pero vamos a centrarnos en el interior de la casa, donde se está protagonizando una típica escena: el marido trabajando en su despacho. Todo parecía normal. ¿Todo? No. Había un detalle que podía ser ignorado, pero no por ello iba a ser menos importante: las teclas que tan rápido eran pulsadas no emitían ningún ruido. Pero no era lo único que no producía sonido: la casa estaba en completo silencio. Ningún pitido, ningún suspiro, ningún bostezo, ni siquiera un tosido sonaba en la casa. Un grifo de agua goteaba en silencio, y el mudo “tic-tac” del reloj pasaba inadvertido. Aunque no solo la casa del señor ___________ era silenciosa, la vivienda de sus vecinos era igual o incluso más sigilosa. En verdad toda la ciudad era muda: la gente hablaba sin palabras, se conducían coches que no emitían ruido, los pájaros cantaban sin melodía…
Sería alrededor de la siete de la tarde, cuando comenzó a sonar un ligero sonido, que a su vez era un estruendo para esa silenciosa sala., que empezaba a estorbar a nuestro desconocido personaje. La velocidad de trabajo se estaba relajando. ¡Aquel maldito ruido! El ruido incrementaba un segundo y luego parecía alejarse, pero al segundo volvía a realizar la misma acción. La cara del joven cambiaba por momentos; sin duda alguna expresaba nervios, ira, odio.... Aquel sonido iba a volverle loco.
Harto de la situación paró de teclear girando bruscamente en busca del diabólico ruido. Sus ojos se movían rápidamente analizando cada esquina, mueble o planta de la insonora sala. ¡Al fin dio con la clave! El causante del sonido que taladraba la cabeza de nuestro mudo protagonista había sido descubierto. Entonces entendió porque la repetitiva “melodía” venía, se iba y después volvía: el responsable de la locura del señor era un ser volador, pequeño, pero volador. Una simple mosca le había hecho enloquecer. Pero nuestro amigo no entendía como algo tan diminuto puede provocar un sonido tan inmenso. Gritando silenciosamente, se levanto de forma brusca tirando la silla, que pego un fuerte, pero mudo golpe. Con callados bastonazos intento cazar al pequeño insecto, el cual esquivo todos los movimientos del colérico señor. Otro sordo grito salio de su boca y dando un insonoro portazo salio de su casa (o como lo llamamos los de “clase media”: mansión). Corrió por la ciudad de los atascos callados, y los charlatanes mudos. Entro en una humilde tienda de sonrientes orientales que disimuladamente te vigilan mientras buscas el producto que deseas. Giró por el primer pasillo, que contiene muñequitos de plástico barato, estatuillas de samuráis y auriculares cuya vida no dura mas de 48 horas. Mentiría si dijera que el personaje no sonrió al ver el insecticida. Los sigilosos pasos que se dirigían a la mansión, llevaban un ritmo rápido; pronto el ruido callaría para siempre.
Por fin llego el ansiado momento: la mosca revoloteaba ante los ojos del caballero, cuyo dedo ya apretaba el botón del spray. A la mosca no le costo caer al suelo, donde se revolvía y giraba en círculos. El pie del supuesto periodista alivio el dolor de la mosca. Con una sonrisa que no cabía en su rostro, se volvió a sentar frente al ordenador. Apenas tecleo dos letras cuando una luz se encendió en su móvil. La sonrisa se le borro enseguida puesto que sabía que significaba la lucecita: debía recoger a sus hijos del colegio. Tristemente apago el ordenador. Se sentía como un imbecil: todo un día de trabajo desperdiciado, un articulo sin acabar por culpa de algo enano, minúsculo, pequeño. Aun no se entiende como un ser tan diminuto puede acaparar tanta atención.
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