jueves, 18 de junio de 2009

Dolor



Toda persona sabe que el dolor no tiene porque venir ligado a una herida, incisión, corte o lesión física; aun así es algo que nos cuesta comprender:


DOLOR



Nos encontramos en el Londres de 1889, donde sus largas y angostas callejuelas respiran el miedo al asesino Jack. Al instante se puede leer el terror en los rostros de los vecinos. A quién desconozca la historia de este homicida, señalaré que degollaba a mujeres, todas de trabajo poco noble, que no temían la oscuridad de Londres. Por esta razón, poca gente paseaba por la capital bajo la luz de la luna; la noche vaciaba las calles de Londres. Todo esto ambientaba esta ciudad como una zona en blanco y negro besada por la densa niebla (escondite del lobo destripador) Se transformaba en un lugar oscuro…triste, como el gemido del viento vagabundo por las callejuelas ahora desiertas, triste…

Pero nuestra historia no habla de Londres, ni del destripador. No. Les presento al señor Smith, quién en estos momentos se encuentra tocando su piano; le encanta pasar las noches tocando este magnifico instrumento. El señor Smith es un señor respetable, de unos 48 años, cuya cara transmite madurez; se nota que sus ojos han llorado mucha tristeza, debido a momentos muy duros que, desgraciadamente, entraron en su vida. Nuestro personaje es viudo, pero no vive solo, le acompaña su hija Elizabeth, una hermosa joven de 18 años con toda una vida por delante. O a lo mejor me equivoco…

Seguimos en el interior de la casa, donde se alegra la noche con la cuidada y fina melodía, que nuestro amigo Smith toca con máximo disfrute. El hombre, vestido como el color de las tinieblas, pone todo su sentimiento en este instrumento musical, que ahora ocupa gran parte de su corazón. De este modo, los segundos se hacen minutos, y estos a su vez en horas; el reloj marca la medianoche. Pero un grito inesperado rompe la balada; parece que a su hija le ocurre algo. No entiende porqué, pero el piano pasa a un segundo plano (tal vez a un tercero) mientras sube con velocidad las escaleras que conducen a la habitación de la muchacha. Parece mentira, pero al ver este segundo piso, Smith considera que es completamente nuevo; el piano es el culpable.

Corre, grita, llora…Portazo. Sorpresa. Su hija yace en el suelo, arropada en un elegante y largo vestido blanco, que contrasta con el color triste y melancólico de esa casa. Estaba tumbada bajo un gran charco que manchaba el precioso vestido; el color rojo ha vencido al negro dominante de la noche londinense. No le faltó tiempo al músico para hincar sus rodillas en las húmedas y duras tablas de madera, de un tono marrón tirando a gris, que componían el suelo de la habitación. Aunque había derramado mucha sangre, todavía vivía. Pero la dramática escena tiene algo de particular, algo extraño, algo insólito. La palabra sangre siempre viene unida al término herida, corte, incisión…en este caso no es así. En la joven es imposible encontrar una de ellas. ¡Ni siquiera un simple moratón!

Blanco, rojo y en menor medida el negro. Mientras el señor la tenía agarrada esta comenzó a recordar algo, un sentimiento, un momento no muy lejano… Ella recordó…color. Pero eran distintos a los habituales; estos eran colores vivos, alegres, llenos de puro sentimiento. Se acordó del potente tono verde que cubría los mágicos valles, bajo el azul celeste de un cielo que observó atento la escena de un romántico beso con el hombre que Elizabeth quería convertir en esposo. Lástima que su padre no pensará lo mismo, puesto que el chaval pertenecía a una familia que Smith no apreciaba, debido a asuntos que no nos interesan en esta historia. Ese simple recuerdo dio fuerza a la joven para murmurar algo, que Smith rápidamente asimilo con un nombre propio; el pianista lo entendió todo. Ahora entra un nuevo color a escena: esta vez es el plateado, procedente de las lágrimas de un padre arrepentido por romper un sueño, la ilusión de su hija.

La sangre, que mágicamente manaba del cuerpo de la chica, procedía directamente del corazón, un órgano que había sido arañado por un ser querido. Poco a poco, mientras las plateadas lágrimas se van mezclando con el rojo de la sangre, la herida parece cerrarse…

8 comentarios:

bea dijo...

No vale la pena vivir en un mundo en blanco y negro, eso no es vivir y el corazón tiene su propia forma de demostrárnoslo, aunque no necesariamente llorando sangre vale... Oye Oier, tengo una curiosidad, ¿Por alguna razón los colores que me trasmiten las tres composiciones tuyas que he leido hasta ahora son tonos apagados, especialmente el gris?

Oier Barasoain dijo...

Ni negro del todo, ni del todo blanco. Así dice la canción de fito y así veo yo la realidad. Ni muy buena, ni muy mala. Entre coña y coña, y camuflada por el cachondeo, este es el mensaje q alfredo mawe y yo intentamos transmitir en nuestro teatro. Está en youtube: http://www.youtube.com/watch?v=39nZOWpzRiQ

bea dijo...

Pues es un poco pesimista el pensar que solo existe el gris por que la vida no es ni blanca ni negra, ¿Qué pasa con los demás colores? Son los que hacen que merezca vivir la vida. El color es importante, da matices.

Oier Barasoain dijo...

Joder tía es una metafora¡¡¡ Cojo colores como que cojo frutas, pero lo k kiero decir que no hay k ser ni muy pesimista ni muy optimista. De esos dos extremos no suele salir nada bueno. Hay k tener bien claro k la vida tiene cosas buenas y cosas malas.

bea dijo...

jajajaja!!!! A mi me gustan los colores!!! Viva el rojo, el verde y el azul!!! jajaja!!!!
hay que ser optimista, sin pasarse de la raya y sin salir de los límites de la realidad... ^__^

Oier Barasoain dijo...

jaja tú lo has dicho...nopasarse de la rayaaa...cuando puedas tienes k ver el teatro...t va a gustar...aunk paranoico tiene alguna idea por ahí escondida

bea dijo...

tranqui, pero he de verme con tiempo, ahora mismo estoy a tres cosas a la vez... (Por eso las tonterías de antes) Espero que no estén lo suficientemente escondidas las ideas o temo no encontrarlas...

Oier Barasoain dijo...

las encontraras....